domingo, 26 de diciembre de 2010

Me desnudo



Me desnudo, me despojo de las vestiduras de mi cuerpo, sin recelos, abandono el segundo nombre que me mantenía oculta bajo las sombras, ya no tiene sentido el sinsentido del ocultismo, de permancecer callada mientras hablaba...

Caen las hojas de los árboles en otoño y van desvelando mi cara, el rostro de Lilith, oculto en una primavera que se gesta con el calor del verano en la intimidad. LLueven tormentas de deseos cuando la soledad del teclado es la más dulce compañía en el viaje de las ilusiones; deseos que desatan las tempestades de los dedos frente al teclado en la más absoluta de las intimidades y nos encontramos sólos, tu y yo, y mis ganas de provocarte, de arrancarte una sonrisa o la mayor fantasía...

Acaricio mi sien con rostro pensativo y cae un tirante del camisón, se pone en marcha la maquinaria del cerebro, comienza el juego, otra vez solos, tu y yo. Una mirada de deseo que no ves, pero que me gusta que sientas porque es mía, pero quiero hacerla tuya...

Y no sé quien firma esto, no se si es Lilith o Noelia, paradojas de la bipolaridad cuando camino con tacones solitarios y me vuelvo visceral, cuando soy la pequeña dulce que busca a Venus, cuando te veo tras el espejo...



Publicación en El Otro Lado Del Espejo


El corazón de Lilith aparece en el especial erótico de El Otro Lado del Espejo, el cual os podeís descargar en pdf y que se podrá adquirir en papel en las presentaciones, siendo la primera en Madrid, de la cual informaré y seguramente esté presente en ella realizando una lectura del realto.

El relato está acompañado de una biografía escrita por el músico y escritor Daniel Sancet

http://issuu.com/alotroladodelespejo/docs/especialerotico/85

Espero que os guste tanto como a mí.

También podeís disfrutar de todas las novedades y frases cortas en la página de facebook
http://www.facebook.com/pages/El-corazon-de-lilith/124595657553203

Un saludo y muchas gracias por leerme!

domingo, 5 de diciembre de 2010

Nieve con sabor a primavera

Aspiré una bocanada de aire gélido que atravesó por mi nariz congelándome por dentro, frío invernal que no notaba barrera en el jersey térmico que se ajustaba a mi figura y la cazadora roja de nieve no espantaba el frío que ya tenía calado en los huesos, el pequeño gorro negro dejaba escapar la larga melena castaña por los hombros, abrigada por la bufanda a juego con el gorro, capas y capas de tela que me hacían imposible hurgar en los bolsillos para sacar los cigarrillos, inmovilidad de los dedos cuando me percato de la razón del refrán, “gato con guantes no caza” y gata con guantes no fuma… imposible girar la ruleta del mechero mientras suena la música en los cascos que llevo escondidos bajo la ropa, encajados en unos oídos de orejas frías. Mis pasos no dejan de avanzar con las botas sobre el barro, pies abrigados con dos pares de calcetines de lana, pisando charcos por los caminos embarrados, cuidado de no resbalar con el hielo de la nieve que se acumula por todos los rincones inhóspitos de esta villa, neblina que no deja ver lejos, pero el paso firme conoce el camino de perderse en el verde de los campos secos de estas tierras de regadío.

Tras de mí, avanzan los pasos del perro que me acompaña en la aventura solitaria, silencioso, con carreras que me adelantan y le llevan a vigilar mi espalda, no hay ningún peligro en la tranquilidad de estos campos, sólo el silencio de la mañana fría donde las gentes se agazapan en el brasero colocado bajo la camilla, tapados con sus faldas y los quehaceres cotidianos buscando el calor del hogar en estos días de heladas y nevadas que incomunican estos terrenos donde sólo rompe el silencio el tractor que faena y los balidos de las ovejas que se mezclan con el mugir de las vacas que reclaman comida.

Silencio, silencio que me llena por dentro, afasia que sólo se turba en mi cerebro cuando disfruto plenamente de la grandeza de estos campos y corro a abrigarme en la vieja casa donde nací, ahora en ruinas, con olor a humedad, medio derruida y en esas ruinas albergo grandes recuerdos de mi vida, observo las paredes de barro encaladas por mi madre y me invaden los recuerdos, recuerdos de una infancia revoltosa y feliz, llena de carreras y juegos, infancia sin pilas, trepando árboles y disfrutando de la grandeza de la naturaleza que me ofrecía el pueblo, algo que siempre tendré que agradecer a mis padres, el saber valorar el correr el agua del río, el olor de las flores que crecen en el campo, mi pequeño mundo de autismo y paz que sólo se ve roto por las voces de los lugareños, por ese alto tono de voz que forma la algarabía en la cocina cuando la conversación se asemeja a una discusión.

Me pierdo en la infancia recorriendo los pasillos sucios, llenos de telas de araña que no veo cuando mis ojos trasladan el más allá en el tiempo y regreso al pasado, a esos años en que habitaba esas ruinas, nostalgia en el cerebro cuando subo al desván y, tras el crujir de la madera con mis pasos, me siento en el borde de la ventana, con las piernas encogidas, horas y horas en ese lugar con un cuaderno escribiendo, poemas de adolescencia temprana, sonrisa interior al recordar la soledad en la que me abrazaba en la nostalgia de los sentimientos que requemaban este cuerpo, nostalgia de silencios cuando las inquietudes del mundo agitaban mi cuerpo más que las curiosidad del sexo y los besos.

Bochorno polar insoportable que se vuelve cálido al calor de los recuerdos, ríos de lágrimas derramados en ese escondite secreto, secreto porque nadie perturbaba la paz de ese lugar que conocían todos en casa, mas era mi lugar, mi refugio a la crueldad del mundo que habitaba tras las escaleras de esa guarida forrada de madera vieja, la casa donde nació mi madre, la casa donde nací yo y frente a mis ojos, la cuna dónde con cariño mama mecía mi cuerpo.

Tiempo parado, relojes que no andan y un teléfono sin cobertura, idilio de mundo en el que me pierdo sin contar los minutos que avanzan en el segundero cuando mis pasos crujen en las escaleras y no siento el miedo al quebrar de la vieja madera, esa fortificación de mis sueños no puede entrañar peligro ahora que busco de nuevo resguardarme del mundo en mi lugar secreto, ya sin olor a cocido en la cocina, sin las cazuelas armando escándalo cuando mama y abuela se entregaban mano a mano en los fogones, esas reuniones de mujeres frente al fogón, con carcajadas sonoras mientras hacían flores y orejas que en ocasiones yo bañaba de azúcar, cantidades industriales de dulces que se guardaban con celo bajo la cama, en cajas de cartón, esperando el café para ser servidas como el mayor de los manjares, que lo eran, pues ya no quedan esas cosas en la vida en que me he dejado llevar por el estrés…

Pasos lentos por el pasillo en la guarida de regreso al pasado, sueños en la nostalgia de los recuerdos y me en el suelo, observando las paredes de la que fuera mi habitación un día, mirada perdida en las paredes de una adolescente temprana, paredes decoradas con doce años cuando ya las reivindicaciones me urdían por dentro, cuando la sociedad me quemaba con las injusticias y los derechos humanos hacían enardecer la garganta.

Sentada en el suelo, frente al escritorio viejo, no puedo contener las lágrimas cuando recuerdo todo lo que aconteció frente a esa mesa de pino, coronada la estantería con libros y algún que otro muñeco poblado de recuerdos del que no sé el paradero, los libros los conservo. Lágrimas que no soy capaz de contener al saber que perdí muchos de los recuerdos que rubrique en viejas hojas de papel, manos que movían un bolígrafo sin pensar, valores que se pierden cuando ahora los recuerdos son víctimas de los virus por ser tecleados, gripe de los pensamientos que se vuelven más humanos cuando pueden acaparar enfermedades que los lleven a la agonía o la muerte.

No soy capaz de moverme mientras las lágrimas de la emoción recorren mis mejillas, aún con los guantes enfundados y saco un cigarrillo de los bolsillos, humo en silencio que no se rompe ni por los coches en una calle donde antes se poblaba de niños en la noche, carreras y juegos que llenaban de vida el barrio hoy desierto, ancianos que emigran a las residencias, juventud que huye al estrés de las ciudades y me hace un nudo en el estómago el recuerdo de la felicidad de la paz vivida en esa calle del pueblo, la abuela descansa en el camposanto, del abuelo casi no guardo recuerdos, y los vecinos, que será de ellos…

Bocanadas de humo que sabe a recuerdos sumidos en el pasado, y perdida en los recuerdos, intento recordar las experiencias contadas en esa mesa de madera, las lágrimas derramadas tras la puerta mal pintada de azul, frías paredes de barro que hacían las delicias en el verano y en el perchero, aún colgada, mi vieja bata rosa, rota, remendada, recuerdos que atrapo con los ojos y me evocan las noches escribiendo en el insomnio, con la luz del flexo que no despertara sospechas de que no estaba durmiendo, invisibilidad en el hogar poblado de alegría cuando escribía al amor, la tristeza y las nostalgias de una pubescencia temprana, racionalidad crítica en el cerebro cuando debía pensar en los besos, perdida en un mundo de libros que revolvían aún más las hormonas del cuerpo y entre esos recuerdos apareció su sonrisa, ese chico moreno de largo pelo, yo, niña frente a su cuerpo, niña de senos grandes y racionalidad que él no veía en el cerebro y no, no fue la primera vez que un hombre desnudó mi cuerpo, no fue el primer experimento de mi cuerpo cuando sus manos acariciaban mi piel y sus labios hacían agitar el pecho, no fue el primer experimento de mi cuerpo, pero sí el de los sentimientos cuando me entregué por completo bajo su cuerpo, aturdida por cada sacudida bajo sus manos encalladas del trabajo del pueblo, miedo por primera vez de no saber lo que hacer cuando ahora si me importaba realmente que todo fuera como en un cuento, sueños adolescentes cuando te pierdes bajo los brazos del amor verdadero y el bloqueo del cerebro con olor a hierba bajo su cuerpo, el aroma de las lilas cercanas invadiendo el cerebro y me fundí con las flores, fusión con el campo sobre la manta tirada en el suelo, él, sobre mi cuerpo, con ansias de poseer algo que no sabía tenía hace tiempo cuando perdí toda noción del cerebro y me convertí en juguete sumiso a sus manos, cuerpo desnudo de pechos tersos y la inocencia mezclada con las ansias de lo nuevo, de los experimentos de un cuerpo nuevo, del conocimiento de ese gran mundo aún por descubrir ante mis ojos, bajo sus manos, con su cuerpo deleitando el mío, escurriendo sobre mi cuerpo sin saber que ya había resbalado al cerebro, perdida en un mundo de ensueño para mí, adolescente, niña aún que experimenta el primer amor verdadero en el cuerpo, el primer orgasmo de ensueño cuando confluyen el cuerpo y los sentimientos sobre su cuerpo, gatita en celo con ansias de no dejar de experimentar los juegos de afrodita bajo la embriaguez de las lilas, el silencio del pueblo y las sonrisas que dibujaba la brisa en mi rostro en aquellos tiempos…

Invierno con recuerdos de una primavera, nieve tras los cristales de la ventana, tapando el campo, campo verde poblado de malezas que se esconde bajo el manto blanco del valle y una rama de romero colgada en el escritorio que intento oler, atrapar el aroma de algún año, lejano, una rosa seca, pegada al borde del escritorio de madera que tantas veces me vio llorar… y de nuevo los pasos por el campo, con la nieve poblada de recuerdos que la convierten en primavera…

domingo, 28 de noviembre de 2010

Aromas


Suena el despertador y entre las tinieblas busco la parpadeante luz del móvil para apagarlo, no quiero levantarme, no quiero desvanecer mi mundo de sueños, big-bang de sonidos que destroza la felicidad infinita en la que me encontraba sumida, no quiero levantarme, hace frío, los maullidos de la gata hacen que me desperece, acude al sonido cuan fiera en busca de su presa, ella, en busca de sus caricias… ¿cuánto tiempo llevaba esperando? ¿Cuánto tiempo conteniendo el deseo de las caricias por respetar mi mundo de sueños? No debía ser demasiado, cuando la pueden las ganas, salta encima de la cama y reclama mi mano sobre su pelo, caricias con esmero que hacen que me vuelva a dormir con su ronroneo, pero hoy no puedo, ¡no puedo! Le doy un par de caricias y un beso y me voy corriendo hacia la cafetera, ignorancia de sus ronroneos de felicidad que se me castiga cuando llego a la cocina, ¡mierda! No hay café…

Otro día que comienza sin sonrisas, otro día que no me levanto con los astros alineados, o lo que coños quieran decir los que crean en eso… Ley de Murphy, tengo prisa, todo sale mal… no hay café y tengo que hacerlo, anoche me acosté tarde y no hice la maleta, cómo odio estos despertares…

Con la cafetera ya al fuego y el humor a punto de estallar, comienzo a meter los cuatro enseres necesarios para mi viaje de dos días en la maleta, de nuevo el de las casualidades se vuelve en contra de mí, la ropa que quiero está sin planchar… no pasa nada, respiro hondo mientras saco la tabla de planchar y la plancha, seguramente me iré y quedarán en medio, estrés de vida que comienza a las cinco de la mañana, silencio absoluto en la ciudad de los ruidos incesantes y me pregunto dónde vivirán los que anoche bebían en mi puerta sin dejarme dormir, me gustaría hacer un alto para dar voces y reírme a carcajadas en su puerta, pero no puedo, no tengo tiempo.

Preparo un café que bebo mientras me fumo un cigarro, no me relajo, mentalmente repaso el contenido de la maleta, desastre de organización cuando el desorden es mi orden, me encamino a la ducha mientras calienta la plancha y me pierdo bajo el agua caliente en la fría madrugada, candidez de una piel que froto con cariño, pelo que enjabono con esmero, buscando el brillo de esa larga melena negra y con la piel aún húmeda, baño de aceite que le da un brillo y un tacto especial, suavidad que me excita, pero no puedo, no tengo tiempo ¡mierda! Ahora me apetecía perderme en mi mundo de caricias… el aroma de frambuesa me evoca los deseos, olores que excitan el cuerpo y dejo que una pequeña caricia se pierda en el tiempo, un instante, un momento, víctima de mis propios deseos…

Calor del vapor al planchar mi vestido negro, sólo con la toalla cubriendo mi cuerpo, piel aún húmeda, olor a frambuesa del aceite que relaja el humor de la mañana y con una sonrisa me coloco las medias en las piernas, buscando la similitud en su altura, y encima el vestido negro, altos tacones y me miro en el espejo, Marylin también lo hubiera rescatado de esa tienda, amplio escote, cinturón que lo ajusta a la cintura y el vuelo del vestido que cae por debajo de las rodillas, deleite de las curvas que se imaginan en las caderas y la divinidad de los senos que corono con un collar que cae colgando en medio, maquillaje natural, lo justo para tapar las imperfecciones de la piel y esa raya negra que se reviste con el rímel, acentuación de unos ojos que destacan en mi rostro, pero mientras me miro en el espejo, me pregunto para qué me pinto, para que embellecer mi rostro si las miradas se centrarán en el amplio escote que deja entrever la voluptuosidad de mis pechos…

Salgo corriendo del apartamento y me dirijo en taxi al aeropuerto, llego tarde, le meto prisa al taxista que no tiene culpa de nada, siempre lo mismo, yo y el tiempo… Por suerte, su habilidad de conducción y conocimiento evitan atascos y llego a tiempo.

Dulce ritual el de los aeropuertos cuando con majestuosidad poso mi bolso de diseño sobre una bandeja de plástico de colores, agacho mi cuerpo y desabrocho las tiras que sujetan mis zapatos de tacón a los tobillos, siento las miradas clavadas en mi vestido, ese hombre de traje que me observa con recelo, cuan loba a un conejo, sus ojos perdidos en mí, ni siquiera se percata de que le estoy viendo, está absorto en mi escote, buscando ver más con la posición inclinada de mi cuerpo, y con una sonrisa interna, sigo con la cuidadosa labor de deshacerme de los tacones, y volverme pequeña, enana de estatura mientras él mira mis medias de red negras. Por un momento, en el juego de la provocación, siento ganas de levantar un poco el vestido y dejarle entrever la puntilla, de las medias negras de red, que se ciñe a mis muslos, observar con recelo su reacción, la expresión de sus gestos, ahí, parado, intentando vaciar unos bolsillos vacíos hace tiempo…

De nuevo Murphy hace presencia en este día, quizás ese detector de metales, quizás esta vez el destino esté de mi lado y en el deseo de sentirme atractiva escucho los pitidos que me hacen centro de las miradas, con una sonrisa me someto al sobeteo que marca el reglamento, caricias toscas de una mujer, rubia, malhumorada, amargada de la vida en la expresión de su rostro… dulce provocación de caricias de mi mismo sexo que me excita en las casualidades y en los roces banales, pero estas no me provocan nada, son toscas, desganadas, manos que rozan casi con asco mi cuerpo y agradeciendo la suerte de la vida que tengo, me coloco de nuevo los zapatos, con calma, como si de un ritual se tratase, el ritual de seducir las miradas, el ritual de seducirme a mí misma…

Una hora y media de espera frente a las puertas de embarque, observo a esa mujer que trabaja con un portátil, quizás ultime detalles de una reunión inminente, yo ya hice lo mismo con la mía, ese señor que observa a la gente, analizando movimientos, el matrimonio de ancianos que se sienten nerviosos y perdidos, dos niños corriendo mientras su madre intenta poner orden, un extranjero buscando indicaciones, la fauna más variopinta del animal humano, y ese joven que me observa, con su traje negro y los cascos puestos, desde mi sitio puedo escuchar su música, otro que en los desaires de la vida se aferra como un siervo al trabajo que le toca, lo sé por la música que me llega de sus cascos, por el desaire con que se enfrenta a este día de trabajo, el mismo que el mío, con apetencia cero.

Saco de mi bolso una manzana roja y un libro, me pierdo entre las páginas, nociones de la realidad que se nublan en mi mente cuando me absorbo en la lectura y formo parte de esa historia, dejo de ser yo cuando la única realidad que percibo es el aroma de esa manzana roja que aproximo a mis labios pintados del mismo color, la huelo y me hago dueña de su aroma, ahora es mío, lo ha perdido…

Vuelvo a levantar la vista, ahora sin noción del tiempo y veo que ese joven me sigue mirando, me percato de un atractivo que no había visto antes y del detalle de que él si observa mis ojos, intenta escudriñar lo que hay dentro y eso me excita, sigo observándole, contengo la mirada fija en los suyos, yo si puedo ver lo que tiene dentro, esa nube de pensamientos que alberga su cerebro, le miro fijamente y sin pronunciar palabra me levanto de mi asiento, sé que me va a seguir, sé que sus pasos vienen tras los míos cuando cruzo la puerta de los aseos y me aprisiona contra la pared, besando mis labios con ganas, víctima de mí mismo deseo.

Sus manos recorren con ansia mi cuerpo, tropezones de caricias cuando yo no deseo sus besos y dejo caer sus pantalones al suelo, sorpresa en su mirada al hurgar con sus manos bajo mi vestido y comprobar que sólo las medias me visten por dentro, no quiero los besos, no quiero dulzura en las caricias, me apetece la fiereza de las embestidas que da a mi cuerpo, aprisionado contra la pared, jadeando de placer, con mis piernas cruzadas en su cintura, sujetas por sus brazos que me alzan en el aire y mi cabeza hundida en su cuello, aspirando su aroma, aroma que ya no es suyo, ahora es mío, lo ha perdido… se lo he cambiado por la humedad que escurría entre mis muslos, por los suyos al placer del orgasmo silencioso que me provocaba la excitación de lo desconocido, del placer de sentir su virilidad en mis carnes, de atrapar su aroma y que ahora sea mío…

Vuelvo a colocarme el vestido y abandono el baño tras retocarme el maquillaje, él aún sigue dentro, ni sé ni me importa lo que estará haciendo, ni siquiera vamos en el mismo vuelo, me subo a mi avión y ahora en las nubes, vuelvo a coger mi manzana, atrapo el poco aroma que le queda, es mío, se lo he robado, y recuerdo el aroma del cuerpo musculado del joven del baño, tampoco tiene aroma, es mío, se lo he robado, ya no será nunca un desconocido, ni siquiera sé su nombre, pero tengo su aroma, algo más valioso, más poderoso, porque le robe su aroma y le dejé marcado con las huellas del mío…

domingo, 21 de noviembre de 2010

Amigas, simplemente amigas


Corre la brisa fresca azotando mis mejillas, coloradas por el frío al alba, la niebla que se cala en los huesos de este cuerpo y el relinchar del caballo, atado a un árbol, sonidos de la naturaleza animal que se entremezclan con el correr del agua por el río, niebla que no me deja siquiera ver, en este amanecer, la otra ladera del río, y ahí estoy yo, sentada en una piedra, armada con gorro de lana y esa bufanda añeja que un día tejió la abuela con todo el mimo del mundo, nostalgia que me invade al respirar la humedad de las nubes bajas, nubes de algodón que rodean mi cuerpo, y el aroma del rocío, ese aroma de hierba húmeda que mana del suelo, entremezclado con el olor del agua del río, ahí, sentada, tiritando de frío y sin querer moverme cuando me mira mi caballo negro.

La mirada perdida en las ondas que hace el agua al caer de las piedras que tiro desde la rabia, ensimismada en los pensamientos, perdida en un mundo de recuerdos, perdida en ese paisaje de cuento, mi cuento, mi río, mi pueblo…

Bajo los negros guantes de lana, los fríos dedos se aferran a las piedras húmedas, gélidas, y las lanzan, dando brincos por la superficie del río, mientras me sumo en el mundo de recuerdos observando los círculos del agua, con una gota que cae sobre mi cara, siento el escurrir del rocío de las hojas de los árboles; sin saber por qué, me invade el recuerdo de aquella amiga que tuve, aquella amiga de rizos rubios, como el cardo seco que se mantiene aún en pie a las orillas del río, aquella amiga con la que disfrutaba de la complicidad de hablar con las miradas, sin pronunciar palabras cuando compartíamos momentos irrepetibles sobre el escenario, hace años ya, complicidad de la que nunca dimos cuenta en el atractivo de las miradas que nos procesábamos, haciendo caso omiso de los deseos, amigas, simplemente amigas.

No necesito un piano que ponga banda sonora a los primeros rayos del sol, el piano suena en mi cabeza, pone banda sonora a este amanecer invernal, cargado de la belleza insólita de los parajes de esta vega, la cual atrapo en toda su esencia, paz en el alma turbada con las nostalgias y el pensamiento de un momento de silencio, que deseo compartir con alguien que abrace mi cintura, compartiendo el calor de los cuerpos y el silencio, pero en el egoísmo de los pensamientos, quiero esa belleza sólo mía, el refugio de mis sueños, mi escondite secreto, Alicia en el país de las maravillas, sin enanos, pero en mi mundo de sueños, qué sería de mí si estas piedras desnudaran los pensamientos que allí confieso….

Hace años ya, ha llovido demasiado desde que dejamos de conocernos, mi amiga, ni siquiera sé cuál será su paradero, ¿qué habrá sido de la complicidad de aquella mirada? Me basta saber que guardo un bello recuerdo cuando la amistad era tal que bastaba no pronunciar palabra para el entendimiento, no había profundidad en los sentimientos, ni lágrimas en los problemas, simples compañeras que con la mirada comunicábamos lo que llevábamos dentro, esa magia de las relaciones, absolutas desconocidas que intimaban sólo con los ojos, complicidad absoluta, un lenguaje que no precisaba ni de gestos…

Ni siquiera soy capaz de recordar cómo nos conocimos, andanzas de una vida de aventuras que me llevaba a encerrarme en soledad largos momentos, sobre las rocas del acantilado, como ahora, sobre las piedras del río, sólo compañeras en la danza de los cuerpos, complicidad de movimientos sobre el escenario, actrices que interpretan su papel, sólo eso, pero la complicidad de los gestos, la atracción que obviábamos en los cuerpos…

No sé que nos llevó a hacerlo, que rompió la barrera de los silencios, en qué momento comenzó el lenguaje de las manos a interferir en nuestros cuerpos, todo era como siempre, un juego, mas en la danza de los cuerpos, mi mano se deslizó suavemente sobre su pecho, una caricia suave, rozando su pezón erizado con la cara externa de la mano, inocencia de un roce que se convirtió en la provocación con la mirada al observar el gesto de su cara. Amigas, simplemente amigas con la complicidad de las miradas en silencio.

Inocencia de la suavidad de una piel rozando el raso de su camiseta, como si de su piel se tratase, una segunda piel que deja traspasar las sensaciones de una caricia inocente, inocencia turbada por la complicidad de la mirada que llevó mis labios a rozar los suyos, lento, despacio, con miedo, miedo que se turbo en complicidad al abrir de su boca, como si me regalase una flor esa muñequita rubia de rasgos dulces, y mi lengua resbalando suavemente entre los labios carnosos, pintados de rojo pasión, dulzura en la suavidad del juego de esas lenguas mientras mi mano se ceñía suavemente a su cintura, la suya, con los dedos enredados en mi pelo, ironía del contraste, ella, rubia, de piel pálida, ojos azul cielo… yo, de pelo negro, piel morena, grandes ojos negros…

Sólo un beso, sólo amigas, amigas y nada más, amigas en la complicidad de las miradas y sólo un beso, sólo el juego de la provocación de las almas cándidas que miraban, demonios en pleno apogeo, obviando los deseos.

Picarescas de la provocación, picarescas de los juegos tras el papel del teatro en el escenario, actrices en el papel de los deseos que nos carcomían por dentro, una piedra que bota sobre el agua del río y cada vez siento menos el frío cuando me sonrío en los recuerdos, complicidad con el paisaje que refugia mis secretos más inconfesos.

Me invade de nuevo el recuerdo, recuerdo de su mano lenta, resbalando por mi cuello hacia la barbilla, yo, tumbada al borde de la cama, medio sentada, ella, rozando con sus carnosos labios, pintados de rojo, mi vientre, el agitar de un corazón que siente la excitación y esta vez no siento los perjuicios de la humedad de mi sexo cuando sus dedos rozan mis labios, y relamo uno de ellos, complicidad de una mirada en silencio cuando la profundidad de mis ojos negros se pierde en el mar de los suyos azules, y sus labios rozan mis muslos, húmedos por el escurrir de los deseos, caricias de una lengua que me hace mirar al techo, juegos de sus dedos que me hacen ahora sentir el calor en el frío invierno sólo con el recuerdo.

Poesía de caricias cuando la complicidad de las miradas hace que se rompa el silencio en los juegos de la picaresca sobre las sábanas, ya no es sólo el teatro de provocar al espectador que mira tras el cristal, no hay guión cuando, mientras sus labios me rozan de nuevo y su lengua se abre camino entre mis labios, siento el penetrar de sus largos dedos, delicadas manos de muñeca que hacen encoger mi cuerpo y resquebrajar el silencio con los gemidos que se fluyen con los jadeos; mis manos, en su pecho, grande, terso, provocando la complicidad del juego de mis belfos…

Complicidad de las miradas cuando se muestra sumisa a mis deseos, sus manos, aferrando las sábanas mientras se suceden mi lengua y los dedos, primero uno, después dos, demasiada excitación en su cuerpo, y sigo jugando mientras saboreo la dulzura que mana de sus piernas, complicidad cuando a la vez observamos tras el cristal, ojos de deseo que matarían por ser cómplices de lo nuestro, pero somos las dueñas del deseo, sólo amigas, sólo nuestro ese momento y la excitación de saber que ven lo que estamos viviendo, la complicidad de las miradas cuando dejamos de obviar el deseo… me excita saber que lo están viviendo, pero no son partícipes de ello, me excita hasta tal punto que mientras juego con ella, ella juega conmigo, muñecas, actrices sobre el escenario, sin guión que marque la actuación, un público acogedor en el teatro y la explosión de la excitación del juego, con la complicidad de las miradas, complicidad con esos dos chicos que observaban tras el cristal, incapaces de contener la excitación por lo que estaban viendo, yo, incapaz de contener la excitación ahora que lo recuerdo… la complicidad de las miradas en silencio, la complicidad del temblar de nuestros cuerpos….

No sé cuál será su paradero, que será de la complicidad de su mirada, pero ahora que ha invadido mi escondite secreto, que en parte la hice dueña de mi mundo de sueños, ahora que siento la humedad de los recuerdos, me invade el sentimiento de tumbarla sobre las rocas, de jugar con la complicidad de nuevo, amigas, sólo amigas y nada más, cómplices de las miradas en silencio.

Y en silencio me subo a mi caballo negro, paseo al trote por mi mundo de ensueño, paseo al trote por mi mundo de silencios con la complicidad de la humedad de los recuerdos, roces de la silla de montar que me alejan del frío invierno…

sábado, 20 de noviembre de 2010

Amasijo de carne y hueso



Burbujas de un mundo paralelo en la precariedad del ser que llevo dentro, sólo un amasijo de carne y hueso enroscado en el sofá, silencio, cervezas y porros que me llevan a evadirme en la nada, deshabito un mundo habitado, viaje astral a la nostalgia de los recuerdos en lo grato de los momentos.

Silencio roto por la guitarra desgarradora de un planeta de cristal, planeta roto que veo a través de los oídos cuando penetra en mí la danza de los sonidos de Satriani y en lo poco que queda de esa mujer fatal desmonto la melodía componiendo con los pedazos una coreografía, la mía, la de mi mundo roto, esa sensual danza de mi cuerpo sobre una silla de cuero negra, como las ropas de látex que visten mi cuerpo mientras imagino cada uno de los movimientos de ese striptease imaginario que hace años hubiera deleitado algún público, ahora sólo en mi cerebro, sensualidad de los altos tacones de aguja que ya provocan sin moverlos y veo mi cuerpo sobre el suelo, alzando las piernas al alto, agujas de un reloj que marcan casi las tres menos cuarto y se mueven con descaro, coquetería de una mirada que provoca mis pensamientos, y hablo conmigo misma

- Deja de hacer el gilipollas niña, mueve de una vez tu cuerpo y haz lo que tanto te gusta, provoca aunque sea al espejo con tus movimientos

Voz que suena como un guantazo a la soberbia que llevo dentro, guantazo que me espabila en la borrachera que mantiene moribundo cada músculo, acongojados en un amasijo de carne y hueso frente al sofá. Bofetadas del cerebro cuando arrugo el gesto y casi como un espectro, me dirijo hacia el dormitorio, timidez que cae al suelo con la ropa que viste mi cuerpo y, como si de un ritual se tratase, rebusco entre los cajones sacando de ellos con mimo, como si de mi piel se tratase, un pequeño conjunto de lencería negro, vistiendo mi cuerpo frente al espejo con absoluta perfección, cada tira del tanga simétricamente colocada, larga bata negra con transparencias, de mangas de campana y sólo un nudo al pecho, con el ombligo al descubierto, y las largas piernas que estilizan los tacones de veinte centímetros de aguja, enganchados con una tira sobre los dedos y una fina pulsera en el tobillo, imagen de mi cuerpo frente al espejo cuando apelo al descaro en el gesto, observando la larga melena que cae ondulada sobre los hombros, y me gusta lo que veo.

Suenan los primeros acordes de “Allways with me, allways with you” y me apoyo en la pared, mirada felina que observo tras los muebles de la cocina y cierro los ojos, dejo que la música fluya en mi cuerpo, dulzura de los movimientos cuando la dulzura de los sonidos invade el interior y recorre las venas, marcando cada movimiento de los brazos, que abrazan el cuerpo mientras me agacho con sensualidad al suelo, resbalando por la pared y los movimientos del pelo, intentando provocar el aliento de mí misma, caricias de una piel de melocotón, dedos que rozan unos labios mientras otros resbalan por la cintura, pasos firmes y seguros sobre el parquet del suelo por el cual deslizo el pecho al movimiento de las caderas, al son de una música suave, que evoca la dulzura de la fiera del súcubo que llevo dentro, pasos enlazados sin pensamientos, sólo la música, yo y mi cuerpo, cuando las ansias se apoderan del cerebro y la insolencia es lo único que invade mi cuerpo, sonando Symphony X en los altavoces contoneo el cuerpo dulcemente con el comienzo de “Paradise Lost” compaginando la dulzura y la fiera, desplegando los brazos con la larga bata negra agarrada, como si de un ángel del infierno se tratara, de rodillas en el suelo, con las manos aferradas en el pecho, dulce movimiento de caderas descarriadas, al ritmo desenfrenado del metal cuando se colocan las manos sobre el suelo y la sensualidad de la danza evoca la pornografía de los movimientos, levantando los tacones a la altura de la cabeza que no cesa de mover la larga melena, provocaciones a un paraíso perdido con la sensualidad de los movimientos, mirada felina y la provocación de la autoestima tras los muebles de la cocina al arrancar el nudo de la bata que deja el pecho al descubierto, movimiento de unos senos en la danza del cuerpo y la piel sudada por el exceso de movimiento, brillo de una piel, dulzura de unos movimientos y la fiereza de una mirada, dulce conjunto que se adereza con pianos y desgarradoras baterías en cada pierna que se estira sobre la silla, jugando con ella entre las piernas, deslizando la piel del cuero al suelo, candidez y desidia, presagios de lo que puede esconderse bajo la lencería cuando al arrancarla ángel y demonio bajo el mismo cuerpo.

Otra vez un amasijo de carne y hueso, esta vez en el suelo, esperando volver a desplegar las alas, mas esta vez, con la música de las manos que se aferren a su cabello…

lunes, 15 de noviembre de 2010

¿quién soy?


No se ve la luna por la ventana, densa niebla y los edificios que tapan mi libertad, las alas plegadas al viento con los pies en el suelo, ahora no puedo observar el cielo, cuando cada lágrima es sintomática del desconsuelo que invade los sueños y permanezco apoyada en la ventana, con la luz apagada, música de guitarras que me hace navegar, como naufrago velero, en los pensamientos, ahí, parada junto a la ventana, con tan sólo unas bragas blancas vistiendo las vergüenzas de mi cuerpo, vergüenzas de las que me enorgullezco cuando soy el súcubo del sexo, cuando mis dedos se pierden en caricias por el pecho y baja la palma de mi mano por el vientre plano, escurriendo los dedos bajo las braguitas blancas de lycra y sólo yo, yo y los juegos de los dedos que resbalan, ojos cerrados y la cabeza alzada al cielo que no veo.

Sigo los pasos de Ícaro en un vuelo desenfrenado, huida de la nada, de la nimiedad en que me convierte la pesadumbre de los pensamientos y, por un momento, me dejo llevar por el instante, sucumbo a los placeres carnales que provoca el súcubo que llevo dentro , mientras, los dedos regalan caricias a mi cuerpo desganado que siente la melodía del sexo fluir por dentro y se abandona, se deja llevar por el momento, arrastrándose al baile del son que marcan los dedos…

Quebranto de la magia cuando en una ráfaga fugaz de lucidez la conciencia hace mella, observo mi mano con un suspiro en la garganta y las manchas de sangre se aferran a mi cintura, abrazo que intenta infundir un ánimo que no tengo, que no encuentro por mucho que rebusque por dentro, tortura de los pensamientos cuando el mayor de los castigos es la condena que se procesa en el cerebro y , en los avatares del destino, te juzgas a ti mismo despreciando tu delito, una mano que estira el pelo en señal de castigo y duele más por dentro que el tirón de pelos…

Ama y señora, dueña de mi vida y sin embargo perdida, espectro de mí misma cuando la fortaleza de mi carácter se pierde con el viento de su garganta… incapaz de desengancharme de la adicción que provocan los sentimientos que queman por dentro y cuando las riendas del destino, en este sendero, son fruto del razonamiento lógico de mi cerebro, odio por mí misma, ingratitud y desprecio… mas la indiferencia que provocan las lágrimas de sangre que emanan de mis entrañas no son más que la muestra de que soy sólo un espectro, irreal… sólo un espejismo en mi cerebro de la felicidad que anhelo…

Mendiga de cariño por las calles de la vida, mendiga del consuelo y unas manos que limpien la sangre de las mías, sólo la comprensión y la aprobación en la desazón que me quema el cuerpo cuando el subirme en unos tacones me provoca vértigo, cuando me siento muerta por dentro y la tristeza se suma al castigo, cuando aunque sonría llora la mirada y ya no me siento a mí misma, espectro de la pusilanimidad en que me sumo, hoja que vuela al viento, autómata, muerta en vida…

Como un payaso sin sonrisa, como un mago sin cartas… así avanzan mis pasos sobre el cemento, huellas de sangre, heridas que no se ven, pero que duelen más en el alma que en el cuerpo y, yo, muñeca con sentimientos, incapaz de negarme a ellos, impasible ante el sufrimiento del frío al despertar, de los abrazos al viento...

Búsqueda infructuosa de la esperanza, búsqueda poco prolífera de las ganas de seguir viviendo en la tierra siendo mujer dotada de sentimientos, cuando ahora que lo busco, tampoco encuentro el súcubo que llevo dentro y me pregunto en silencio ¿quién soy? ¿Qué soy ahora? No soy yo, pero entonces…. ¿quién soy? ¿en qué me he convertido? No lo sé, no hay respuesta a los intrigantes de la mentira en que he convertido mi vida, en este espejismo barato de la realidad en el que cierro los ojos y no quiero ver más allá del dolor que ya me mata por dentro por miedo a seguir sufriendo… y ahora, con las manos manchadas de mi propia sangre, por qué no derramar la copa de la vida cuando soy incapaz de perdonarme a mí misma haberme dejado llevar por estos senderos, pensando que lo correcto era evitar el sufrimiento, inconsciente de que el dolor del cuerpo es menor que el de las heridas, que no hay fuerzas para levantar el cuerpo del suelo cuando se agotan al respirar, al mantener las constantes vitales de este cadaver que camina....

Mas si no soy yo, ¿quién habita mi cuerpo? ¿por qué sigo aferrada a un sueño que no ha echo si no matarme por dentro? y sin embargo, de nuevo la pusilanimidad frente al espejo, imagen impasible tras el cristal, una mirada que delata el sufrimiento y otra batalla de la vida perdida, con la sangre de mi cuerpo salpicando las vestiduras, asesina de mí misma, asesina del súcubo que llevaba dentro, asesina del demonio de juegos traviesos... y ahora... ¿quién soy? ¿en qué se convirtio la esencia de mi sonrisa?